Ir desgranando poco a poco la fruta hermosa. Cortar la dura piel con el cutter, hoja afilada. Observar que solo se introduzca hasta el limite de la piel. Hacer un circulo perfecto.. Oir el crujido que hace cuando se abre por primera vez y, entonces, observar, contemplar con cuidado todos los laberintos, siempre diferentes que asi se muestran. Las distintas estancias formadas por las membranas finas, vitelinas, que guardan a las hermanas. Encontrar el profundo bermellon semitransparente entre la infinidad de carmines y ver como, celda a celda, celula a celula, continua reproduciendose. Extraer con delicadeza la primera semilla. Percibir el pequeno chasquido que se produce al desgarrarse de la blanca placenta. Ir, asi, lentamente, arrancando una a una a las hermanas de sangre, con cuidado de sacar una a una; sin que las otras se suelten al oir el lamento de aquella que ha permanecido siempre a su lado, de aquella cuya forma es el molde perfecto de la propia. Piel contra piel, reventona fruta en esplendor. Jugando en la lengua, piel suave, luego chasquido y el dulzor amargo que se extiende; corazon de palo en su interior. Frescura entre la sequedad, linfa transparente que tinta de anil y deja la piel aspera y pegajosa. Colmenas impresas, barnizando en aguas el interior de esa cubierta roja e insensible. Sellos innegables de la voluptuosa pujanza de la vida queriendo reventar. Dedalos de paredes blancas y transparentes. Querer meditar y comer una granada.