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COMIENZOS:
Celia Gradín Montero nació en Puente Caldelas, Pontevedra, en 1963.
Es una artista joven, polifacética y difícil de catalogar bajo las
etiquetas académicas tradicionales. Según sus mismas palabras, "ejerce
de gallega" y esta es la única categoría que está dispuesta a asumir.
De formación amplia y muy variada, tras licenciarse en Ciencias Químicas
por la Universidad de Santiago en 1987 viajó por diversas ciudades
europeas y realizó estudios de diseño gráfico. Ha realizado trabajos
en La Coruña, Barcelona, Londres y Montreal. Su obra plástica incluye
mosaicos pinturas, experiencias audiovisuales, así como la realización
de objetos diversos como móviles, lámparas y cajas de luz. El interés
por los efectos lumínicos y el juego de reflejos y transparencias
caracteriza la mayoría de sus producciones desde el punto de vista
formal y determina la elección del material en el que se incluyen
cristales espejos y piedras brillantes. Por otro lado, en sus obras
siempre está presente cierta atracción por lo mágico sintetizada en
una manera de sentir la vida como arte y el arte como experiencia
lúdica y racional al mismo tiempo. Ojos, labios, llaves, laberintos
y cruces son la iconografía simbólica preferida por la artista bajo
la cual unifica en una misma fórmula el sentimiento de lo mistérico
y lo trivial. En su obra pictórica se vislumbra su formación científica.
Acostumbrada a la observación de formas orgánicas, en sus composiciones
abstractas Laberinto orgánico I (1990) y Laberinto orgánico II (1991-1996)
realiza experimentos pictóricos con orbitales híbridos que destacan
por su exaltación cromática y entramado laberíntico. Lo uno, lo originario
y anterior a la materia orgánica está muy presente en estas pinturas
y denota un cierto aire de "meiga" en su personalidad. En sus mosaicos
se muestra a veces más lúdica y menos trascendental. En ellos su capacidad
de inventiva se pone de manifiesto en la recreación de temas generalmente
considerados como tradicionales. Así el mosaico Flores de mi jardín
(1995) desprende frescura, intrascendencia y originalidad en el tratamiento
del bodegón. Carretes fotográficos, cables de colores y un ladrillo
con el motivo floral del Quebec son algunos de sus elementos más llamativos.
Otras veces utiliza arena, conchas de mar, cristales espejos y objetos
pegados por assemblage; en su obra siempre está presente esta combinación
y acumulación de materiales de muy diversa procedencia. En contraste
con el anterior, son de destacar los mosaicos que constituyen la serie
Corazones. En Corazón de tiempo (1996) se evidencia su interés por
el sentimiento del devenir. La combinación de las piezas de reloj
antiguo con las teselas en una gama cromática de claros y neutros
son sus cualidades formales más importantes. Temática similar se repite
en el mosaico del Laberinto clásico de siete senderos (1995) presidido
por un crucifijo como símbolo del sacrificio. Su interés por la experiencia
plástica la ha conducido también a la introducción del arte en la
esfera de la vida cotidiana. Así, ha realizado diversos objetos decorativos
en los que cabe destacar sus cajas de luz y los objetos flotantes.
Las primeras son pequeñas cajas-vidriera a modo de lámpara, y las
segundas son una serie de "móviles-homenaje", como a ella misma le
gusta llamarlos . "Homenaje a Kieslowski" quiere rendir un tributo
al director polaco de la trilogía Tres colores: Azul, Blanco y Rojo;
es un móvil que consta de 14 piezas colgantes realizadas con cristales
que recuerdan las formas mironianas.
Texto: Marisa Herrero, Licenciada en Filosofía de la Cultura y
Licenciada en Historia del Arte
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